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La Sagrada Familia ya es la iglesia más alta del mundo: la beatificación de Gaudí que quedó a las puertas

León XIV bendijo la Torre de Jesucristo en junio, pero la canonización del «arquitecto de Dios» aún espera un milagro que Roma sigue estudiando.

✍️ Administrador 📅 10 de September de 2026 ⏱ 6 min de lectura 👁 9 visitas
Silueta de una aguja gótica de piedra clara contra un cielo dorado y púrpura al atardecer, evocando la Sagrada Familia

Un templo que alcanzó su punto más alto

El 10 de junio de 2026, la Basílica de la Sagrada Familia de Barcelona vivió una de las jornadas más importantes de su historia: el papa León XIV bendijo oficialmente la Torre de Jesucristo, la aguja central diseñada por Antoni Gaudí, que con sus 172,5 metros convirtió al templo en la iglesia más alta del mundo, superando el récord que ostentaba desde 1890 la Iglesia Mayor de Ulm, en Alemania. La ceremonia coincidió, de forma deliberadamente simbólica, con el centenario exacto de la muerte de Gaudí, ocurrida el 10 de junio de 1926, y contó con la presencia de los reyes de España, el presidente del Gobierno y el presidente de la Generalitat de Cataluña.

Una cruz de cien toneladas y un templo que sigue sin terminar

La cruz de cuatro brazos que corona la torre mide 17 metros de alto y 13,5 de ancho, pesa unas cien toneladas y alberga en su brazo superior una escultura del Cordero de Dios obra del artista italiano Andrea Mastrovito. Con esta torre, la basílica suma ya dieciocho torres —doce dedicadas a los apóstoles, cuatro a los evangelistas, una a la Virgen María y la gran torre central a Jesucristo—, aunque la construcción completa del templo, iniciado en 1882, no se espera concluir hasta la próxima década. León XIV, durante la bendición, definió a Gaudí como «el arquitecto de Dios», la misma expresión con la que generaciones de devotos llevan décadas refiriéndose a él, y que remite a algo mucho más profundo que un elogio artístico.

El ángulo poco contado: una canonización que se quedó a un paso del centenario

Lo que buena parte de la cobertura de aquel día no explicó con suficiente detalle es que la propia visita papal estuvo a punto de coincidir con un hito mucho mayor que la inauguración arquitectónica: la beatificación del propio Gaudí. El proceso, iniciado en 1992 por una asociación de laicos, superó la fase diocesana y llegó en 2023 a manos del Dicasterio para las Causas de los Santos con la presentación de la «positio», el estudio central de casi dos mil páginas sobre su vida, virtudes y fama de santidad. En abril de 2025, el papa Francisco autorizó el decreto que reconoce sus «virtudes heroicas», declarándolo oficialmente «venerable», el escalón inmediatamente anterior a la beatificación, que ahora depende de que se certifique un milagro atribuido a su intercesión. El padre Josep M. Blanquet, encargado de seguir la causa por encargo del arzobispo de Barcelona, reconoció públicamente que «el sueño era que la beatificación pudiera coincidir con la visita de León XIV, pero no hay tiempo material para completar todos los pasos pendientes», y llegó a mencionar diciembre de 2026 como fecha simbólica con la que todavía sueñan los impulsores de la causa.

Matices y fuentes que no coinciden

El propio proceso avanza con una cautela deliberada que sus responsables defienden como necesaria. El vicepresidente de la asociación que impulsa la causa y rector de la basílica, Josep Maria Turull, ha declarado que «seguro que Gaudí tampoco tendría prisa por ser beatificado», una forma de justificar la lentitud del trámite frente a la expectación mediática generada por el centenario. El propio Blanquet, en declaraciones de principios de septiembre de 2026, insiste en que «el proceso canónico no admite atajos» y que los responsables de la causa han preferido trabajar con discreción antes que ceder a la presión de una fecha simbólica concreta, aunque reconoce que el cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, tiene interés explícito en que el avance se produzca todavía dentro de este año conmemorativo.

Por qué esto importa hoy

La coincidencia entre la culminación arquitectónica del templo más famoso de Gaudí y el examen, todavía en curso, de su posible santidad personal, ofrece una lectura que va más allá del récord de altura o del interés turístico: durante décadas, la Sagrada Familia fue vista sobre todo como una proeza arquitectónica inacabada, casi una curiosidad de Barcelona; el proceso de beatificación de su autor busca precisamente recuperar y subrayar la dimensión estrictamente religiosa y espiritual del proyecto, la que el propio Gaudí, según sus impulsores, siempre consideró más importante que la fama artística que terminaría alcanzando su obra. Que ambos procesos —la piedra y la causa de los altares— avancen en paralelo, sin necesariamente coincidir en el calendario, retrata bien la diferencia entre los tiempos de una obra arquitectónica y los, todavía más pausados, de un proceso canónico que no está dispuesto a acelerarse por ninguna fecha redonda.

Conviene recordar, además, que el propio itinerario de León XIV por España aquel 9 y 10 de junio incluyó otros gestos de fuerte carga simbólica antes de llegar a Barcelona, entre ellos encuentros con colectivos vulnerables y la confirmación pública de una reunión con víctimas de abusos dentro de la Iglesia española, en línea con el compromiso que el propio pontífice ha mantenido en cada uno de sus viajes internacionales. La combinación de esos gestos pastorales con la solemnidad arquitectónica de la Sagrada Familia dibuja bien el tipo de equilibrio que este pontificado parece buscar en sus visitas: memoria del sufrimiento, reconocimiento del arte y la fe entrelazados, y una notable prudencia a la hora de dejar que los procesos canónicos sigan su propio ritmo, por mucho que la ocasión invite a acelerarlos.

Para los visitantes que hoy suben a la torre o contemplan la fachada desde la plaza, la basílica sigue siendo, ante todo, un monumento arquitectónico de fama mundial; para la archidiócesis de Barcelona y para los promotores de la causa, en cambio, cada visita turística es también una oportunidad de recordar que, detrás de la piedra, hay un proceso espiritual todavía abierto que aspira a que el propio genio creador de ese templo termine reconocido, algún día, con el mismo estatus que hoy tiene su obra más célebre.

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