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La misión silenciosa del Vaticano en Moscú: niños separados y prisioneros de guerra

Mientras los llamamientos del Papa a la paz ocupan las portadas, el cardenal Zuppi negocia caso por caso el regreso de menores ucranianos y el intercambio de miles de prisioneros.

✍️ Administrador 📅 30 de September de 2026 ⏱ 6 min de lectura 👁 8 visitas
Maletín de cuero entreabierto con documentos y una fotografía familiar, evocando la diplomacia humanitaria silenciosa del Vaticano

Un viaje discreto en medio de un conflicto que cumple cuatro años

El cardenal Matteo Zuppi, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana y enviado especial de la Santa Sede para la guerra de Ucrania, inició el lunes 28 de septiembre de 2026 una nueva misión de tres días en Moscú, la última de una serie de viajes discretos que apenas generan titulares comparados con los llamamientos dominicales del Papa desde la plaza de San Pedro. Su agenda en la capital rusa se ha centrado, según fuentes vaticanas, en tres asuntos muy concretos: los prisioneros de guerra, los menores separados de sus familias por el conflicto y la situación de los civiles afectados por los combates.

Cifras que rara vez acompañan a los llamamientos generales a la paz

Durante una misión previa a Ucrania, realizada en julio de este mismo año, las estimaciones trasladadas a Zuppi hablaban de unos siete mil ucranianos retenidos en Rusia y aproximadamente cuatro mil rusos en poder de Ucrania, cifras que rara vez aparecen junto a las declaraciones papales más generales sobre «detener la destrucción» y «abrir los corazones al diálogo». El propio cardenal confirmó que la Santa Sede está examinando peticiones concretas procedentes de ambos bandos dentro de un canal de diálogo humanitario que se ha mantenido abierto durante los últimos años, incluso en los momentos de mayor tensión diplomática entre Moscú y buena parte de Occidente.

El ángulo poco contado: la diplomacia de los casos individuales frente a la diplomacia de los discursos

Lo que la cobertura mediática sobre la posición vaticana en la guerra de Ucrania suele destacar son las intervenciones más visibles: el Papa pidiendo en el Ángelus que la mediación estadounidense entre Rusia y Ucrania produzca «frutos concretos», o el jefe de la diplomacia vaticana, monseñor Paul Richard Gallagher, viajando a Moscú en agosto para decirle directamente al canciller ruso Serguéi Lavrov que «la guerra debe terminar», en su primer viaje a Rusia desde 2021. Lo que recibe mucha menos atención es el trabajo de gestión humanitaria caso por caso que sostiene, en paralelo, esa diplomacia de más alto perfil: la mediación vaticana ha permitido, durante los últimos años, mantener un canal específico para facilitar reunificaciones familiares y transmitir información sobre personas detenidas, un trabajo mucho más lento, mucho menos fotogénico y que rara vez se traduce en un titular propio, pero que es, según reconocen fuentes cercanas a la misión, el que puede cambiar de forma inmediata y verificable la vida de familias concretas, incluso mientras el conflicto general sigue sin resolverse en el plano político.

Matices y fuentes que no coinciden

El propio balance de estas misiones se lee de forma distinta según la fuente. Lavrov calificó su reunión de agosto con Gallagher como «muy útil» y agradeció lo que consideró una «postura equilibrada» de la Santa Sede sobre el conflicto, y anunció la disposición de Moscú a reanudar contactos políticos con el Vaticano a nivel de viceministros de Exteriores, una lectura que sugiere avances reales en el canal diplomático. Otras fuentes, sin embargo, han señalado que Gallagher tuvo que reconocer ante Lavrov que la situación de la libertad religiosa en Ucrania «no es buena», un matiz que Moscú ha utilizado en su propia comunicación pública y que revela hasta qué punto cada bando extrae de estos encuentros la narrativa que mejor conviene a su posición en el conflicto. Un editorial de Vatican News, firmado por su subdirector, llegó incluso a introducir una crítica explícita al creciente rearme europeo, insistiendo en que «la paz no se consigue con la fuerza: se construye, se protege», una postura que no todos los actores del conflicto comparten con el mismo entusiasmo.

Por qué esto importa hoy

Cuatro años después del inicio de la invasión a gran escala, la insistencia vaticana en que la paz «no es un acontecimiento repentino, sino un proceso» encuentra en misiones como la de Zuppi su expresión más concreta y menos discursiva: mientras las negociaciones políticas de alto nivel avanzan con lentitud y resultados inciertos, el trabajo silencioso de identificar, caso por caso, a un niño separado de su familia o a un prisionero cuyo paradero se desconoce, ofrece una forma de diplomacia humanitaria que no resuelve la guerra, pero que sí puede devolver, familia por familia, algo de lo que el conflicto general ha arrebatado a miles de personas mientras las grandes negociaciones siguen su curso.

La propia trayectoria de Zuppi en este papel ilustra bien esa doble velocidad de la diplomacia vaticana: nombrado enviado especial para Ucrania por Francisco en mayo de 2023, el cardenal boloñés ha combinado desde entonces viajes de alto perfil a Kiev, Washington, Pekín y Moscú con un trabajo de fondo mucho menos visible, centrado en construir la confianza mínima necesaria para que ambos bandos acepten trasladar a la Santa Sede información sensible sobre menores y prisioneros que, en un contexto de guerra activa, ningún otro intermediario internacional logra obtener con la misma facilidad. Ese capital de confianza acumulado durante meses de misiones discretas es, según reconocen fuentes cercanas al propio cardenal, lo que permite que cada nuevo viaje a Moscú añada, aunque sea de forma modesta, algún caso individual resuelto a una lista que, mientras el conflicto continúe, seguirá siendo demasiado larga.

Para las familias directamente afectadas, ajenas por completo a los matices geopolíticos de cada declaración cruzada entre Roma y Moscú, el resultado de estas misiones se mide en términos mucho más simples: si un hijo vuelve a casa o no, si se confirma o no el paradero de un familiar detenido. Esa es, en última instancia, la vara con la que probablemente conviene medir el verdadero éxito de esta diplomacia menos visible, más allá de cualquier valoración sobre el estado general de las negociaciones de paz.

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