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El Sínodo no terminó en 2024: el documento que pide a las diócesis contar dónde fracasó

La Secretaría General del Sínodo publicó el 27 de julio un recurso que exige a los equipos diocesanos reconocer también sus resistencias y fracasos de cara a la asamblea de 2028.

✍️ Administrador 📅 02 de September de 2026 ⏱ 5 min de lectura 👁 13 visitas
Mapa antiguo enrollado con caminos trazados a mano que se interrumpen, evocando un proceso sinodal aún en revisión

Un proceso que muchos creían cerrado

Buena parte de la opinión pública asumió que el Sínodo sobre la Sinodalidad terminó el 26 de octubre de 2024, cuando el papa Francisco aprobó el Documento Final de la asamblea y decidió, de forma inédita, no publicar ninguna exhortación apostólica posterior, poniendo en vigor de inmediato ese texto como parte del magisterio ordinario del sucesor de Pedro. En realidad, esa fecha marcó solo el cierre de la fase de discernimiento en Roma, no del proceso completo: se abrió entonces una «fase de aplicación» de varios años, que debe culminar en una nueva asamblea eclesial prevista para 2028. El pasado 27 de julio de 2026, la Secretaría General del Sínodo dio un nuevo paso en ese camino con la publicación de un recurso dirigido a los equipos sinodales diocesanos de todo el mundo, orientado a lo que llama la fase de «recapitulación».

Qué pide exactamente el nuevo documento

El texto, presentado bajo el título «Hacer memoria», ofrece a las diócesis una guía concreta para redactar sus propias reflexiones sobre el camino recorrido desde octubre de 2021, cuando arrancó formalmente la fase diocesana del proceso sinodal. El cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo, explicó que el objetivo no es un ejercicio técnico de cumplimiento administrativo, sino lo que describió como una experiencia de gratitud y verdad, orientada a reconocer lo que, en sus propias palabras, «el Señor ha realizado» en el camino sinodal de cada comunidad local.

El ángulo poco contado: el Vaticano pide explícitamente hablar de los fracasos

Lo que distingue a este documento de otros comunicados institucionales más autocomplacientes es una instrucción que rara vez se destaca en la cobertura general: el propio texto pide a los equipos diocesanos detenerse especialmente en «aquello que podría pasar fácilmente inadvertido», mencionando de forma explícita «las dificultades encontradas, las resistencias al cambio, los obstáculos que han dificultado el camino, los intentos que no dieron resultado y las preguntas que siguen abiertas». En la práctica, esto supone que la propia Secretaría General del Sínodo está pidiendo oficialmente a las diócesis de todo el mundo que documenten, por escrito y de cara a una futura asamblea, dónde y por qué la implementación de la sinodalidad no funcionó como se esperaba, un reconocimiento institucional de que casi dos años después del Documento Final, la aplicación real del proceso sigue siendo desigual según el lugar y ha topado en muchos casos con resistencias internas dentro de la propia estructura eclesial.

Matices y fuentes que no coinciden

La denominación misma del recurso genera cierta confusión en distintas fuentes: algunos medios lo identificaron inicialmente como «Recapitular», en referencia al nombre de la fase preparatoria en la que se enmarca, mientras que el título formal del documento publicado es «Hacer memoria», y ambos términos han circulado de forma intercambiable en la cobertura informativa de estos días, lo que sugiere que la propia terminología vaticana sobre esta etapa del proceso aún no se ha fijado con total claridad de cara al público general. Esta fase de recapitulación es, según la propia Secretaría, una de las cuatro etapas preparatorias previstas antes de la asamblea eclesial de 2028, aunque el calendario exacto de esas etapas restantes todavía no se ha detallado con precisión en los documentos disponibles hasta la fecha.

Por qué esto importa hoy

Que la propia jerarquía vaticana pida oficialmente documentar las resistencias y los fracasos de un proceso que ella misma impulsó dice algo relevante sobre el estilo de gobierno eclesial que se está consolidando en este periodo: en lugar de presentar la sinodalidad como una reforma ya completada y exitosa en todas partes, la Secretaría General opta por una autoevaluación explícita que reconoce el desigual avance real sobre el terreno. Para las comunidades parroquiales y diocesanas que llevan cinco años participando en reuniones, consultas y asambleas sin ver siempre resultados tangibles, este documento ofrece, al menos, un canal formal para que esa frustración quede registrada dentro del propio proceso, en lugar de disolverse en el silencio antes de la cita de 2028.

El propio proceso, además, revela una tensión de fondo que atraviesa toda la reforma sinodal impulsada por Francisco y continuada ahora por León XIV: cómo medir el éxito de una transformación que, por su propia naturaleza, no se mide en cifras concretas de asistencia a misa o vocaciones sacerdotales, sino en cambios de cultura eclesial —mayor corresponsabilidad de los laicos, escucha efectiva antes de la toma de decisiones, participación real de las mujeres en espacios de consulta— que resultan mucho más difíciles de cuantificar y que, precisamente por eso, corren el riesgo de diluirse en declaraciones de buenas intenciones si no existe un mecanismo, como el que ahora propone este documento, que obligue a las propias diócesis a rendir cuentas de forma explícita y por escrito.

Queda por ver, en cualquier caso, cómo se procesarán esos informes diocesanos una vez lleguen a Roma, y si la Secretaría General del Sínodo hará pública alguna síntesis global de las resistencias reportadas o si ese material permanecerá reservado como insumo interno para la preparación de la asamblea de 2028. Esa incógnita, no resuelta todavía en ningún documento oficial disponible, será probablemente uno de los puntos que definan si esta fase de recapitulación termina siendo un ejercicio genuino de autocrítica institucional o, como ha ocurrido en otros procesos de consulta eclesial del pasado, un paso más de un itinerario cuyo impacto real resulta difícil de verificar desde fuera de los despachos vaticanos.

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