La teología de la liberación nunca fue condenada del todo: qué dijo realmente el Vaticano
Dos documentos de 1984 y 1986, firmados por el mismo cardenal, marcaron su historia. El primero advertía de graves riesgos; el segundo la calificó de necesaria.
Un relato simplificado que se repite desde hace cuarenta años
Es habitual escuchar que «el Vaticano condenó la teología de la liberación» en los años ochenta, como si se tratara de un veredicto único, definitivo y sin matices. La realidad documental es bastante más compleja, y probablemente sea uno de los episodios doctrinales recientes peor resumidos en la conversación pública, incluso dentro del propio catolicismo. Todo gira en torno a dos instrucciones publicadas por la Congregación para la Doctrina de la Fe, entonces presidida por el cardenal Joseph Ratzinger, futuro Benedicto XVI, con solo dos años de diferencia entre sí, y cuyo contenido, leído en conjunto, ofrece una imagen mucho más matizada que la de una simple condena.
La primera instrucción: una advertencia, no una sentencia final
El 6 de agosto de 1984 se publicó «Libertatis nuntius», la instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación. El documento advertía de un riesgo concreto: la tendencia, presente en ciertas corrientes de esa teología, a identificar el Reino de Dios con el movimiento de liberación humana y a convertir la historia misma en sujeto de su propia autorredención a través de la lucha de clases, una lectura que el texto consideraba incompatible con la fe de la Iglesia tal como la había expresado el Concilio Vaticano II. Esa instrucción fue interpretada, dentro y fuera de la Iglesia, como una condena en toda regla del pensamiento del teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, considerado el fundador de esta corriente teológica tras la publicación en 1971 de su obra «Teología de la liberación. Perspectivas». Sin embargo, ni Gutiérrez ni su obra fueron sancionados de forma explícita ni nominal en ese documento.
El ángulo poco contado: la segunda instrucción que muy pocos citan con la misma frecuencia
Lo que casi nunca se explica junto al episodio de 1984 es que, apenas dos años después, el 22 de marzo de 1986, la misma Congregación, presidida por el mismo cardenal Ratzinger, publicó una segunda instrucción, «Libertatis conscientia», de mayor extensión y contenido teológico, que equilibraba de forma notable el tono del primer documento. El propio Juan Pablo II, apenas semanas antes de su publicación, había enviado una carta al episcopado brasileño en la que afirmaba sin ambigüedad que «la teología de la liberación es, no solo oportuna, sino útil y necesaria». La segunda instrucción, lejos de repetir el tono de advertencia de 1984, subrayaba el compromiso de la Iglesia con la liberación integral de los pobres como parte constitutiva del propio Evangelio, y explícitamente pedía leer ambos documentos como un conjunto inseparable, no como dos etapas contradictorias. El propio Gutiérrez, por su parte, incorporó en la edición revisada de su obra, publicada en 1988, varias de las advertencias formuladas en la instrucción de 1984, contribuyendo también él al proceso de distensión.
Matices y fuentes que no coinciden
Distintos autores han leído esta secuencia de forma diferente. Algunos comentaristas describen la instrucción de 1984 como una calificación de la teología de la liberación marxista como «cuasi-herejía», mientras que otros insisten en que el documento, leído con precisión, nunca condenó la teología de la liberación como tal, sino únicamente el uso acrítico de determinadas herramientas de análisis marxista dentro de ella, una distinción que buena parte de la cobertura periodística de la época no reflejó con exactitud. Años más tarde, el propio papa Francisco —formado en Argentina en una vertiente cercana, la teología del pueblo— rindió un homenaje público a Gutiérrez tras su muerte en octubre de 2024, describiéndolo como «un fiel siervo de Dios y amigo de los pobres» cuya teología «sigue vigente hoy, con una frescura que abre nuevos caminos», un gesto que muchos interpretaron como la confirmación definitiva, al máximo nivel posible, de que esta corriente teológica nunca estuvo realmente proscrita dentro de la Iglesia católica.
Por qué esto importa hoy
Entender con precisión qué dijeron realmente esos dos documentos de 1984 y 1986 —y no solo el primero, descontextualizado del segundo— permite corregir una de las simplificaciones históricas más repetidas sobre la Iglesia católica reciente. La secuencia real no fue una condena seguida de un silencio incómodo, sino un proceso de discernimiento en dos tiempos, con matices explícitos añadidos por la propia autoridad doctrinal en un plazo de apenas dos años, seguido décadas después por el reconocimiento público de uno de los papas más influyentes del siglo XXI. Es, en última instancia, un ejemplo claro de cómo el Magisterio de la Iglesia puede corregir el énfasis de sus propias advertencias sin renunciar a ellas del todo, y de cómo esa complejidad casi siempre se pierde en el resumen de un solo titular.
El propio caso de Gutiérrez ilustra bien esa complejidad: aunque nunca fue sancionado de forma explícita ni formal, la Congregación para la Doctrina de la Fe siguió de cerca su producción teológica durante años, y en octubre de 1995 llegó a pedirle que redactara un artículo académico sobre su propia eclesiología para aclarar posibles ambigüedades. El propio teólogo peruano desmintió públicamente algunas versiones que circularon en su momento sobre supuestas presiones internas dentro de su propia orden dominica para que abandonara ciertas posiciones, un episodio que muestra hasta qué punto la frontera entre el escrutinio doctrinal legítimo y la persecución injustificada puede resultar, incluso para los propios protagonistas, difícil de trazar con precisión mientras los acontecimientos todavía están en curso.
Con la perspectiva de cuarenta años, y con Gutiérrez ya fallecido y elogiado públicamente por un papa, el episodio permite extraer una lección más amplia sobre cómo funciona realmente el discernimiento doctrinal dentro de la Iglesia católica: rara vez se produce en un solo acto definitivo y cerrado, sino en un proceso dialogado, con matices que se añaden, se corrigen y se reafirman con el paso de los años, y que solo con la distancia histórica suficiente pueden leerse en su conjunto sin caer en la tentación de reducir toda la secuencia a la primera noticia que ocupó los titulares en su momento.