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La santa que no sintió a Dios durante 50 años: la otra cara de la Madre Teresa

Sus propias cartas revelan una oscuridad interior casi ininterrumpida desde 1948 hasta su muerte. Esto es lo que la Iglesia dice que significa realmente.

✍️ Administrador 📅 30 de August de 2026 ⏱ 6 min de lectura 👁 17 visitas
Vela solitaria ardiendo en una habitación austera y oscura, con una silla vacía al fondo, evocando la noche oscura del alma

Una confesión que nadie esperaba de la santa de los pobres

En 2007, diez años después de la muerte de la Madre Teresa de Calcuta, se publicó un libro que sorprendió incluso a muchos católicos devotos: «Mother Teresa: Come Be My Light», una recopilación de unas cuarenta cartas privadas que la religiosa había dirigido, a lo largo de décadas, a un puñado de directores espirituales de confianza. En ellas describía una experiencia que contrastaba radicalmente con la imagen pública de certeza serena que el mundo asociaba a su figura: una sensación de vacío y ausencia de Dios que, según sus propias palabras a esos confidentes, la acompañó de forma casi continua desde finales de los años cuarenta hasta el final de su vida.

Quién era la mujer detrás de esas cartas

Nacida en 1910 y fundadora en 1950 de las Misioneras de la Caridad en Calcuta, Teresa dedicó su vida al cuidado de los más pobres entre los pobres, una labor que le valió el Premio Nobel de la Paz en 1979 y un reconocimiento popular como una de las figuras religiosas más admiradas del siglo XX. Fue beatificada por Juan Pablo II el 19 de octubre de 2003 y canonizada por el papa Francisco el 4 de septiembre de 2016. El responsable de recopilar y publicar sus cartas fue el padre Brian Kolodiejchuk, postulador oficial de su causa de canonización, quien pudo acceder a ellas gracias a que varios de sus directores espirituales —en particular el padre Celeste Van Exem y el padre Joseph Neuner— las conservaron con cuidado en lugar de destruirlas, como la propia Teresa había pedido en vida.

El ángulo que la cobertura mediática de 2007 no explicó bien

Cuando el libro se publicó, buena parte de la prensa generalista tituló la noticia como si se tratara de una revelación escandalosa: la santa de Calcuta, decían muchos titulares, en realidad no creía en Dios. El propio postulador tuvo que salir a matizarlo con precisión: no se trataba de una crisis de fe ni de una pérdida de fe, sino de lo que la propia Teresa vivió como una «prueba de fe», en la que sentía como si no creyera, sin que eso significara que efectivamente hubiera dejado de creer. Kolodiejchuk explicó que sobrellevar esa prueba durante tantos años exigió una madurez humana excepcional, precisamente porque no iba acompañada de ningún alivio emocional.

Este fenómeno tiene nombre propio en la tradición mística cristiana desde hace siglos: la «noche oscura», descrita por primera vez con ese término por san Juan de la Cruz en el siglo XVI como una etapa en el camino de ciertos santos hacia una identificación más profunda con Dios, precisamente a través de la ausencia sentida de su consuelo. Uno de sus directores espirituales, el padre Joseph Neuner, la ayudó a leer esa oscuridad no como un fallo personal sino como parte constitutiva de su propio carisma: compartir la sed y el abandono de Cristo en la cruz para poder acompañar auténticamente a los más abandonados del mundo. En una carta a sus propias hermanas de comunidad, la fundadora llegó a explicar que, sin ese sufrimiento compartido, su trabajo habría sido solo una buena obra social, pero no una participación real en la redención.

Matices y fuentes que no coinciden del todo

Dentro de la propia Iglesia, la lectura de este episodio no fue uniforme desde el principio. La sucesora de Teresa al frente de las Misioneras de la Caridad, la hermana Nirmala, tuvo que abordar directamente la preocupación de que estas revelaciones pudieran perjudicar la causa de canonización, ya en marcha. El cardenal Julián Herranz, por su parte, señaló públicamente que estos episodios de crisis emocional, que pueden parecer dudas sobre la existencia de Dios, son un proceso conocido y hasta heroico en la vida de muchos santos, no una anomalía. El predicador de la Casa Pontificia, el padre Raniero Cantalamessa, llegó a describir esa larga oscuridad como una forma de martirio provocado por la paradoja de sentir a la vez la presencia y la ausencia de Dios. Lo llamativo es que, según los propios responsables del proceso, nada de esto era realmente nuevo para el Vaticano: las cartas ya formaban parte del expediente de canonización y se había hecho referencia a estas crisis místicas con motivo de su beatificación en 2003, cuatro años antes de que el libro las hiciera públicas y generara sorpresa mediática.

Por qué esto importa hoy

Lo más desconcertante de este relato, y también lo más consolador, es que la propia Teresa insistía en que esa oscuridad convivía extrañamente con una paz y una felicidad interior que, según sus palabras, no habría cambiado por nada en el mundo. Esa combinación —vacío sentido y paz sostenida— es difícil de encajar en la manera en que hoy se suele entender la fe, a menudo confundida con una emoción cálida de cercanía divina. El caso de la Madre Teresa, ya plenamente documentado, revisado y finalmente canonizado por la propia Iglesia, ofrece un contrapeso importante para cualquier creyente que atraviese periodos de sequedad espiritual y llegue a sentirse fraudulento por no «sentir» a Dios: incluso una de las figuras religiosas más veneradas del siglo XX vivió gran parte de su vida interior en ese mismo silencio, y siguió levantándose cada mañana a las cuatro y media para servir a los pobres.

Su caso, además, invita a repensar qué entendemos exactamente por fe dentro de la propia tradición católica. El Catecismo no la define como una emoción de cercanía sentida, sino como un acto de la voluntad y del entendimiento que se adhiere a Dios más allá de lo que se experimenta subjetivamente en cada momento. Bajo esa definición, la Madre Teresa nunca dejó de creer, aunque durante décadas no sintiera nada al hacerlo: siguió celebrando la misa diaria, dirigiendo a miles de religiosas repartidas por el mundo y fundando nuevas casas para moribundos y enfermos terminales, todo ello sostenido por una decisión de voluntad que no dependía del consuelo emocional que, según sus propias cartas, se le negó casi por completo. Es precisamente esa distinción —entre sentir a Dios y decidir seguir confiando en él aunque no se sienta nada— la que convierte su historia en algo más que una curiosidad biográfica: es, en sentido estricto, una lección de teología espiritual que la propia Iglesia decidió no ocultar, sino integrar de forma explícita en el proceso que terminó declarándola santa.

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