La santa cuya devoción el Vaticano prohibió durante 19 años: quién fue Faustina Kowalska
El Santo Oficio censuró su diario y su culto en 1959. Dos décadas después, el mismo hombre que había investigado en secreto el caso se convirtió en papa y revocó la prohibición.
Una devoción hoy universal que empezó bajo censura
Cada Domingo de la Divina Misericordia, el segundo domingo después de Pascua, millones de católicos en todo el mundo rezan la coronilla de la Divina Misericordia y contemplan la imagen de Jesús con los rayos rojo y blanco brotando de su corazón. Pocos de esos fieles saben que, durante diecinueve años, el Vaticano prohibió expresamente esta devoción, y que su propia fundadora, la religiosa polaca Faustina Kowalska, estuvo a punto de quedar relegada a una nota a pie de página incómoda en la historia de la mística católica del siglo XX.
Una monja de clausura con visiones que preocuparon a Roma
Faustina Kowalska, nacida en 1905 y fallecida en 1938 en un convento de Cracovia, afirmó haber recibido a lo largo de varios años numerosas revelaciones privadas de Jesucristo, recogidas en un extenso diario de unas setecientas páginas titulado «La Divina Misericordia en mi alma». En esas páginas describía visiones, diálogos místicos y la petición explícita de instituir una fiesta litúrgica dedicada a la misericordia divina, además de la imagen que hoy resulta familiar en templos de todo el mundo. Durante su vida, sus propias hermanas de comunidad dudaron a menudo de su equilibrio, y ella misma relató sufrir intensos combates interiores durante buena parte de su noviciado.
El ángulo poco contado: la prohibición de 1959 y quién la investigó en secreto
Lo que muchas biografías devocionales resumen demasiado deprisa es el episodio central de esta historia: el 6 de marzo de 1959, el Santo Oficio —bajo el cardenal Alfredo Ottaviani— publicó una notificación que prohibía formalmente «la divulgación de imágenes y escritos que propagan la devoción a la Divina Misericordia en la manera propuesta por Sor Faustina». El diario quedó inscrito de facto en la práctica del índice de libros prohibidos, y cualquier promoción pública del culto tal como ella lo había descrito quedó vetada. La razón, según reconoció la propia Santa Sede años después, fueron traducciones defectuosas y confusas del diario original polaco que habían llegado a Roma, generando sospechas teológicas sobre un contenido que, leído en su idioma original, resultaba mucho menos problemático.
Lo verdaderamente singular es quién trabajó, casi en secreto y a contracorriente de la prohibición vigente, para revertir esa decisión: el arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla, que conocía perfectamente que el Vaticano había recibido traducciones defectuosas, inició en 1965 —solo seis años después de la prohibición, y sin plena garantía de éxito— el proceso oficial de investigación sobre la vida y las virtudes de la propia Faustina, sentando las bases documentales que permitirían más adelante levantar la censura. Trece años después de aquel primer paso discreto, el 15 de abril de 1978, la Santa Sede, ya bajo Pablo VI, revocó formalmente la prohibición «teniendo presentes muchos documentos originales, desconocidos en 1959». Apenas seis meses más tarde, el 16 de octubre de 1978, aquel mismo Wojtyla que había impulsado la investigación fue elegido papa con el nombre de Juan Pablo II.
Matices y fuentes que no coinciden
Conviene precisar, frente a algunas versiones simplificadas que circulan sobre este episodio, que no fue Juan Pablo II quien firmó personalmente el levantamiento de la prohibición: ese documento lleva fecha de abril de 1978, cuando el papa reinante todavía era Pablo VI, seis meses antes de la elección de Wojtyla. Lo que sí hizo Juan Pablo II, ya como pontífice, fue acelerar de forma decisiva el reconocimiento oficial de Faustina: la beatificó en 1993, la canonizó el 30 de abril de 2000 —convirtiéndola en la primera santa del nuevo milenio— y, ese mismo día, instituyó oficialmente el Domingo de la Divina Misericordia para toda la Iglesia universal, cumpliendo así, más de sesenta años después, la petición que la propia religiosa había dejado escrita en su diario mucho antes de que nadie en Roma sospechara siquiera de su ortodoxia.
Por qué esto importa hoy
El caso de Faustina Kowalska recuerda que el discernimiento de fenómenos místicos dentro de la Iglesia católica puede tardar generaciones enteras en resolverse, y que ni siquiera una prohibición formal del Santo Oficio resulta necesariamente la última palabra sobre un caso concreto. En la actualidad, cardenales y obispos de distintos países promueven activamente que Faustina sea declarada Doctora de la Iglesia, un título honorífico reservado a muy pocos santos de especial relevancia teológica, lo que confirmaría de forma definitiva el camino recorrido desde aquella notificación de 1959 hasta convertirse hoy en una de las devociones católicas de mayor difusión mundial.
Otro detalle que rara vez acompaña a esta historia es el papel del padre Michael Sopocko, confesor y director espiritual de Faustina, quien difundió la devoción en vida de la propia religiosa y sufrió, a raíz de la prohibición de 1959, un notable desprestigio personal y profesional, viéndose ridiculizado por defender públicamente un culto que la Santa Sede acababa de censurar. Sopocko no llegó a ver la rehabilitación completa de la causa: murió en 1975, tres años antes de que se levantara la prohibición, sin la certeza de que aquello por lo que había arriesgado su reputación terminaría convirtiéndose, dos décadas después, en una de las devociones más extendidas del catolicismo contemporáneo. Curiosamente, Pío XII —el mismo papa bajo cuyo pontificado se gestó después la prohibición del Santo Oficio— había bendecido personalmente en 1956 una imagen de la Divina Misericordia en Roma, la única bendecida por un pontífice antes del Concilio Vaticano II, un gesto previo que muestra hasta qué punto la propia jerarquía eclesiástica mantuvo posturas cambiantes y no siempre coherentes entre sí durante los años centrales de este proceso.