El santo que el Vaticano investigó como farsante durante años: quién fue el Padre Pío
Un médico enviado por Roma lo llamó psicópata automutilador. Pasó una década prácticamente aislado por sospecha de fraude antes de que la propia Iglesia cambiara de opinión.
Un santo que primero fue sospechoso
Cuando se piensa hoy en el Padre Pío de Pietrelcina, canonizado en 2002 y venerado en todo el mundo, resulta fácil olvidar que buena parte de la jerarquía católica lo trató durante años, no como a un posible santo, sino como a un presunto fraude religioso. Francesco Forgione, nacido en 1887 y conocido en religión como Pío, ingresó en los capuchinos a los quince años y, ya en el convento de San Giovanni Rotondo, comenzó a manifestar los estigmas de la Pasión de Cristo, heridas visibles en manos, pies y costado que sangraban de forma recurrente. En lugar de recibir un reconocimiento inmediato, esas heridas desencadenaron una de las investigaciones internas más largas y desconfiadas de la Iglesia católica del siglo XX.
El médico que lo llamó farsante
El Vaticano envió al padre Agostino Gemelli, sacerdote franciscano, médico y fundador de la Universidad Católica de Milán, para examinar el caso. Gemelli ni siquiera logró ver las heridas directamente —el propio Pío se negó a mostrárselas sin la autorización escrita correspondiente—, pero aun así emitió un diagnóstico demoledor: concluyó que los estigmas eran de origen neurótico y llegó a describir a Pío como «un ignorante y psicópata automutilador que se aprovecha de la credulidad de las personas». Basándose en ese informe, el Santo Oficio —la actual Congregación para la Doctrina de la Fe— declaró en un decreto que no constaba que los estigmas fueran de carácter sobrenatural, y emitió sucesivos decretos restrictivos: se le prohibió recibir visitas, confesar, dar dirección espiritual, mostrar las llagas, hablar de ellas o permitir que los fieles las besaran, y se le obligó a celebrar misa en privado. Como consecuencia, Pío pasó diez años, de 1923 a 1933, prácticamente aislado del mundo exterior.
El ángulo poco contado: vigilancia secreta dentro de la propia Iglesia
Lo que muchas biografías devocionales suavizan es hasta qué punto la desconfianza institucional llegó a extremos que hoy resultarían difíciles de imaginar: algunos sectores de la jerarquía instalaron dispositivos de escucha secretos en el convento para grabar sus conversaciones, convencidos de que Pío llevaba una doble vida y engañaba deliberadamente a los miles de peregrinos que ya acudían a verlo. Cuando se intentó trasladarlo a otro convento para alejarlo de su creciente fama, una multitud enfurecida de fieles locales se lanzó sobre el edificio para impedirlo, obligando a abandonar el plan. La presión sobre el fraile no vino, por tanto, de fuera de la Iglesia, sino de dentro de su propia estructura, y se prolongó de manera intermitente durante buena parte de su vida: incluso ya bajo el papa Juan XXIII, en los años sesenta, nuevas acusaciones estuvieron a punto de derivar en sanciones adicionales, hasta que el propio Papa, tras consultar directamente con el arzobispo de la zona, concluyó que las denuncias se habían construido de forma artificial y ordenó no agravar las restricciones.
Matices y fuentes que no coinciden
El giro decisivo llegó en 1933, cuando el papa Pío XI ordenó al Santo Oficio revertir la prohibición de celebrar misa públicamente, reconociendo explícitamente: «No he estado mal dispuesto hacia el padre Pío, sino que me habían informado mal». Pío XII, ya en 1939, animó abiertamente a los fieles a visitarlo. Sin embargo, el debate sobre la autenticidad de sus estigmas no se cerró del todo ni siquiera con su beatificación en 1999: años después, el historiador Sergio Luzzatto publicó un libro que incluía el testimonio de una farmacéutica que aseguraba haberle vendido a Pío ácido carbólico y otros calmantes, sugiriendo que podrían haberse usado para irritar artificialmente las heridas. Ese testimonio, sin embargo, ya había sido presentado ante las propias autoridades vaticanas encargadas de estudiar su causa de canonización, que lo examinaron y concluyeron, tras su propia investigación, que las llagas eran auténticas, antes de proceder finalmente a su canonización en 2002.
Por qué esto importa hoy
La historia del Padre Pío desmonta la idea de que el camino hacia la santidad reconocida oficialmente sea un proceso lineal de admiración creciente y sin fisuras. Durante buena parte de su vida, la propia institución que después lo elevaría a los altares lo trató con una sospecha rayana en la persecución, apoyándose en el juicio de expertos médicos convencidos de estar desenmascarando un fraude. Que la Iglesia haya sido capaz, con el tiempo, de revisar su propio diagnóstico institucional y reconocer que se había equivocado en su valoración inicial dice tanto sobre la prudencia que exige discernir fenómenos místicos extraordinarios como sobre la capacidad de una institución centenaria para corregir sus propios errores de juicio, incluso cuando eso implica desautorizar informes firmados por sus propios expertos de confianza.
Vale la pena recordar, además, que los propios estigmas desaparecieron por completo de su cuerpo en el momento de su muerte, ocurrida el 23 de septiembre de 1968, un detalle que sus devotos han interpretado siempre como una confirmación adicional de su origen sobrenatural, y que sus críticos históricos, en cambio, nunca llegaron a explicar de forma completamente satisfactoria dentro de sus propias hipótesis. Casi treinta y cuatro años después de aquella muerte, Juan Pablo II lo proclamó santo el 16 de junio de 2002, en una plaza de San Pedro colmada de fieles llegados de todo el mundo, cerrando así, al menos en el plano oficial, un proceso que había comenzado con la sospecha institucional más severa que puede recaer sobre un religioso: la de estar engañando deliberadamente a los propios fieles que acudían a él en busca de consuelo espiritual.