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La Divina Misericordia estuvo prohibida 19 años: la historia que casi nadie cuenta

El Vaticano censuró la devoción de Santa Faustina en 1959 por dudas teológicas reales, no solo por una mala traducción. Esto es lo que pasó realmente.

✍️ Administrador 📅 31 de August de 2026 ⏱ 5 min de lectura 👁 20 visitas
Lienzo antiguo cubierto por terciopelo púrpura con dos haces de luz, uno rojizo y otro pálido, evocando la imagen de la Divina Misericordia

Una devoción hoy masiva que el Vaticano prohibió durante casi dos décadas

En marzo de 1959, el Santo Oficio —antecesor de la actual Congregación para la Doctrina de la Fe, bajo el cardenal Alfredo Ottaviani— publicó una notificación que prohibía la circulación de imágenes y escritos que promovieran la devoción a la Divina Misericordia «en las formas propuestas por la hermana Faustina». Esa prohibición, que incluyó la inscripción del diario de la religiosa en el índice de libros prohibidos, se mantuvo vigente durante diecinueve años, hasta el 15 de abril de 1978. Hoy, esa misma devoción —con su imagen de Cristo con dos rayos saliendo del corazón, su Coronilla y su Domingo de la Divina Misericordia— es una de las prácticas católicas más extendidas del mundo.

Quién era la religiosa detrás de esta historia

Maria Faustina Kowalska, nacida en Polonia en 1905 y fallecida en 1938, ingresó en la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia y, según relató en un diario de unas setecientas páginas titulado «La Divina Misericordia en mi alma», comenzó a recibir visiones de Jesucristo a partir de 1931. En esas páginas describió peticiones muy concretas: pintar una imagen de Cristo con dos rayos —uno rojo, por la sangre, y otro pálido, por el agua que justifica las almas— brotando de su corazón; instituir una fiesta litúrgica el primer domingo después de Pascua; y difundir una oración breve conocida como la Coronilla de la Divina Misericordia.

El ángulo poco contado: no fue solo un problema de traducción

La narrativa más repetida hoy explica la prohibición de 1959 como un simple malentendido provocado por una traducción defectuosa del diario al francés o al italiano. Es cierto que esa traducción tenía errores, pero reducir todo el episodio a un problema lingüístico simplifica en exceso lo ocurrido. Los propios evaluadores vaticanos de la época plantearon reservas teológicas de fondo: según recogió el periodista John Allen Jr., citando fuentes cercanas al proceso, entre las preocupaciones reales estaba que el texto, tal como se leía entonces, parecía atribuir a Jesús la promesa de que ciertos actos devocionales —confesarse y comulgar en un día concreto— bastaban por sí solos para obtener «el perdón total de las culpas y de las penas», un lenguaje que recordaba peligrosamente a las controversias medievales sobre las indulgencias y que, en apariencia, prescindía del papel normal de los sacramentos. A esto se sumó la incomodidad de algunos obispos polacos, que interpretaron los dos rayos de la imagen —rojo y blanco— como una posible alusión a los colores de la bandera nacional, en un contexto político sensible.

Fue necesaria la intervención sostenida y personal de un hombre muy concreto para revertir la prohibición: Karol Wojtyła, arzobispo de Cracovia, la misma diócesis donde Faustina había vivido y muerto. Gracias a su insistencia ante Pablo VI, la Santa Sede levantó la prohibición el 15 de abril de 1978, tras un examen más cuidadoso de los documentos originales en polaco. Seis meses después, el propio Wojtyła sería elegido papa con el nombre de Juan Pablo II, y en el año 2000 sería él mismo quien canonizara a Faustina Kowalska, convirtiéndola en la primera santa del nuevo milenio, e instituyera oficialmente el Domingo de la Divina Misericordia para toda la Iglesia universal.

Matices y fuentes que no coinciden

La mayoría de los medios católicos actuales presentan hoy la prohibición de 1959 casi exclusivamente como un error de traducción ya superado, una narrativa de redención limpia que encaja mejor con la devoción masiva posterior. Fuentes periodísticas más críticas con esa simplificación, sin embargo, han señalado que atribuir todo a un malentendido lingüístico «es ahora la explicación oficial», pero que de hecho hubo reservas teológicas serias y documentadas por evaluadores cualificados, no una simple confusión de palabras. Reconocer ambas cosas a la vez —que la traducción defectuosa fue real y agravó el problema, y que también hubo objeciones doctrinales de fondo que tardaron casi veinte años en resolverse con una revisión rigurosa de los textos originales— ofrece una imagen más honesta que cualquiera de las dos versiones por separado.

Por qué esto importa hoy

Entender esta historia con precisión importa porque la propia promesa central de la devoción —el perdón «total» de culpas y penas asociado al Domingo de la Divina Misericordia— sigue generando la misma pregunta que inquietó a los teólogos de 1959: ¿sustituye esto a la confesión y a una conversión real? La respuesta que finalmente prevaleció, tras años de estudio, es que no: esa promesa funciona de forma equivalente a una indulgencia plenaria, que exige explícitamente la confesión sacramental, la comunión y el desprendimiento del pecado, no un atajo mágico desconectado de la conversión personal. Que una devoción hoy tan popular haya necesitado casi dos décadas de escrutinio teológico y la intervención personal de un futuro papa para separar lo genuino de lo mal formulado es un recordatorio de que incluso la piedad más entrañable puede requerir, en ocasiones, mucha paciencia doctrinal antes de encontrar su forma correcta.

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