Ya no se llama extremaunción: por qué el Vaticano II cambió este sacramento
Durante siglos se administró casi solo a los moribundos. El Concilio Vaticano II decidió que eso era un error, y devolvió el sacramento a su sentido original.
Un sacramento que durante siglos llegaba casi siempre demasiado tarde
Hasta el Concilio Vaticano II, el sacramento que hoy se llama unción de los enfermos era conocido, tanto popular como oficialmente, como «extremaunción»: la última unción, reservada casi en exclusiva a quienes se encontraban en peligro inminente de muerte. El 4 de diciembre de 1963, la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium estableció, en su número 73, un cambio que iba mucho más allá de una simple cuestión de nombre: la «extremaunción», que también, y mejor, puede llamarse «unción de los enfermos», no es solo el sacramento de quienes se encuentran en los últimos momentos de su vida; el tiempo oportuno para recibirlo comienza en cuanto el cristiano empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez, no cuando la muerte ya es prácticamente segura.
Cómo se formalizó el cambio
Casi una década después, el 30 de noviembre de 1972, Pablo VI promulgó la constitución apostólica Sacram Unctionem Infirmorum, que precisó que el sacramento debía administrarse a quienes están «gravemente enfermos», no exclusivamente a los moribundos, y modificó además el orden de los ritos: cuando se combina con el viático —la última comunión—, la unción de los enfermos se administra ahora después de la confesión y antes de recibir la Eucaristía, un reordenamiento que subraya que se trata de un sacramento de fortalecimiento para el enfermo, no únicamente de preparación inmediata para la muerte.
El ángulo poco contado: por qué se había estrechado tanto su uso
Lo que rara vez se explica es por qué, durante tantos siglos, la práctica se redujo casi exclusivamente a los últimos momentos de vida. Estudios litúrgicos, entre ellos los del teólogo belga Dom Bernard Botte, mostraron que esa restricción fue un desarrollo histórico gradual de la Iglesia latina medieval, alejado de las raíces mucho más amplias del sacramento, atestiguadas ya en la Carta de Santiago (5, 14-15), donde la unción con aceite aparece ligada al alivio físico y espiritual de cualquier persona enferma, siguiendo prácticas terapéuticas ya presentes en el mundo helenístico y judío —el propio Hipócrates menciona el uso curativo del aceite en sus escritos—. Con el paso de los siglos, en Occidente, el sacramento quedó envuelto en lo que los especialistas describen como una «atmósfera lúgubre», asociada casi exclusivamente a la inminencia de la muerte, lo que llevó a generaciones de familias a posponer la llamada al sacerdote hasta el último instante posible, precisamente por temor a que su sola presencia significara que ya no había esperanza.
Matices y fuentes que no coinciden
El cambio de nombre y de enfoque, sin embargo, no se ha traducido automáticamente en un cambio real de comportamiento. Estudios pastorales comparativos sobre la práctica de este sacramento muestran que, más de sesenta años después del Concilio, sigue existiendo una diferencia notable entre lo que la doctrina oficial enseña con claridad —que debe pedirse en cuanto comienza una enfermedad grave o la fragilidad de la vejez, no solo ante la muerte inminente— y lo que muchas familias católicas siguen haciendo en la práctica, que continúa siendo llamar al sacerdote únicamente cuando el desenlace parece ya inevitable. Es decir: cambiar una rúbrica en un documento conciliar resultó, con el tiempo, mucho más sencillo que cambiar cinco siglos de asociación popular entre este sacramento y la muerte.
Por qué esto importa hoy
La consecuencia práctica de ese temor heredado sigue siendo real: muchas familias esperan tanto que, cuando finalmente llaman a un sacerdote, el enfermo ya no está en condiciones de participar con plena lucidez en el rito, precisamente la situación que la reforma del Vaticano II quiso evitar al insistir en que el sacramento se recibe con mayor fruto cuando la persona enferma puede vivirlo con fe y conciencia plena, no como un último trámite apresurado. Entender el alcance real de este sacramento —cualquier enfermedad grave o la fragilidad avanzada, no solo el lecho de muerte— puede cambiar, de forma muy concreta, el momento en que una familia católica decide finalmente llamar a un sacerdote.