La Iglesia lleva 75 años aceptando la evolución: la condición que casi nadie explica
Desde 1950 ningún Papa ha condenado a Darwin. Pero la doctrina pone un límite muy concreto que la separa tanto del creacionismo literal como del evolucionismo materialista.
Un dato que sorprende a muchos: la Iglesia acepta la evolución desde hace 75 años
En 1950, en plena efervescencia de los debates científicos sobre el origen del hombre, el papa Pío XII publicó la encíclica Humani Generis, en la que afirmó que el Magisterio de la Iglesia no prohíbe que se investigue y se debata la doctrina del evolucionismo en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente. Fue la primera vez que un documento papal trataba la evolución como una «hipótesis seria, digna de una investigación y de una reflexión profundas», al mismo nivel que la hipótesis contraria. Desde entonces, ningún papa ha condenado la teoría de la evolución en lo que respecta al origen biológico del cuerpo humano.
De la «hipótesis seria» a «más que una hipótesis»
El siguiente hito llegó el 22 de octubre de 1996, cuando Juan Pablo II se dirigió a la Pontificia Academia de las Ciencias para actualizar la postura de Pío XII a la luz de casi medio siglo de nuevos hallazgos científicos. En ese mensaje afirmó que la acumulación de descubrimientos en distintas disciplinas académicas llevaba a reconocer en la evolución «más que una hipótesis», una frase que desde entonces se ha citado, a menudo de forma triunfalista, como la prueba definitiva de que «la Iglesia acepta a Darwin». La frase es real y la cita es exacta, pero suele repetirse fuera de un contexto esencial que el propio Juan Pablo II dejó igual de claro en ese mismo discurso.
La condición que casi ningún resumen popular menciona
Tanto Pío XII en 1950 como Juan Pablo II en 1996 trazaron, en los mismos textos celebrados por «aceptar la evolución», una línea que nunca han movido: sea lo que sea lo que la ciencia demuestre sobre el origen biológico del cuerpo humano a partir de materia viva preexistente, la fe católica exige sostener que el alma espiritual de cada persona es creada de forma inmediata y directa por Dios, y no el resultado de la autoorganización de la materia. Juan Pablo II fue incluso más allá en 1996, al advertir que cualquier teoría evolutiva que, en virtud de la filosofía en que se apoya, considere que el espíritu humano surge simplemente de las fuerzas de la materia viva o que es un mero epifenómeno de esa materia, resulta «incompatible con la verdad sobre el hombre». Dicho de otro modo: la aceptación católica de la evolución nunca ha sido total ni incondicional. Se aplica al cuerpo, pero deja explícitamente fuera del alcance de cualquier biología evolutiva la dimensión propiamente espiritual del ser humano —alma racional, libertad, dignidad personal—, que la doctrina reserva a un acto de creación divina directo, repetido para cada persona que viene al mundo, no solo para la primera pareja humana.
Matices y fuentes que no coinciden
Existe, sin embargo, un terreno donde la claridad de 1950 y 1996 no se repite del mismo modo: la enseñanza tradicional sobre un único origen humano —el llamado monogenismo—, ligada históricamente a la formulación tridentina del pecado original, plantea una tensión con el consenso de la genética de poblaciones sobre un origen gradual y colectivo de la especie humana, no reducible a una pareja individual. A diferencia de la cuestión del alma, donde el Magisterio ha sido explícito y reiterado, este punto sigue siendo objeto de debate abierto entre teólogos y científicos católicos, sin que exista todavía una clarificación papal tan definitiva como la de 1996. Conviene decirlo con honestidad, en lugar de dar a entender que Juan Pablo II cerró de una vez por todas cualquier tensión posible entre biología y doctrina: lo que quedó resuelto fue la compatibilidad de la evolución corporal con la creación directa del alma; lo que sigue genuinamente abierto es cómo integrar los datos de la genética de poblaciones con el lenguaje doctrinal heredado sobre una primera pareja humana.
Por qué esto importa hoy
En un clima cultural que a menudo obliga a elegir entre dos extremos —un creacionismo literalista que rechaza la evidencia científica, o un materialismo que no deja espacio alguno para el alma o la dimensión espiritual de la persona—, la enseñanza católica oficial mantiene desde hace tres cuartos de siglo una posición intermedia que no resulta del todo cómoda ni para la ciencia más reduccionista ni para cierto fundamentalismo religioso: apertura plena a los datos biológicos sobre el origen corporal del ser humano, combinada con la insistencia igualmente firme en que algo esencial de lo que nos hace humanos no puede, ni siquiera en principio, reducirse solo a biología.
Esta postura, sostenida sin apenas variaciones desde Pío XII hasta León XIV, tampoco ha estado libre de fricciones internas dentro del propio catolicismo: sectores más conservadores han visto en la apertura de 1996 una concesión excesiva al consenso científico, mientras que algunos teólogos progresistas han pedido ir más allá y flexibilizar también el lenguaje sobre la creación directa del alma. El Magisterio, sin embargo, no ha movido esa segunda condición en ningún documento posterior, lo que sugiere que, para la doctrina católica, esa línea concreta —el origen inmediato y no evolutivo del alma espiritual— no se percibe como un punto de negociación circunstancial, sino como el elemento que permite sostener, al mismo tiempo, el diálogo honesto con la ciencia y la afirmación de que la persona humana es algo más que el resultado de procesos puramente materiales.
En última instancia, esa doble fidelidad —a los datos verificables de la ciencia y a la convicción, no demostrable por métodos científicos, de que cada persona es algo más que la suma de su composición biológica— es la que explica por qué la Iglesia puede felicitarse, con toda honestidad, de llevar setenta y cinco años sin condenar a Darwin, y al mismo tiempo insistir en que esa aceptación nunca fue, ni pretendió ser, una rendición completa ante una visión puramente materialista del ser humano.